Subí al autobús con la desgana de todos los días. Siempre los mismos apretones y el mismo olor nauseabundo a humanidad sudorosa que harta del curro corrían a sus casas para encontrar el merecido descanso. A veces, con suerte, encontraba refugio en la esquina del fondo, mi lugar favorito, desde donde podía ver durante cuarenta y cinco minutos cómo quedaban atrás las calles, los árboles a los lados de la acera, y los viajeros anónimos, subiendo y bajando con rapidez del autobús. Y como casi siempre eran las mismas caras a la misma hora, menos ese día de principios de octubre, cuando un chico alto y delgado, de ancha espalda, ojos y pelo negro peinado hacia el lado, incluido un mechón caído sobre la frente que le daba al rostro bastante interés, hizo su aparición, yo la llamaría gloriosa, en la puerta del autobús. Se puso a mi derecha y de una ojeada pude examinarle, con un poco de sonrojo, debo decir, su impecable atuendo: un pantalón vaquero, una chaqueta de lana negra, bufanda gris y unos libros bajo el brazo. Él disimuló como si no se hubiera dado cuenta de mi indiscreción, y después de veinte largos minutos, terminó su trayecto, y dos paradas después, el mío.
Desde ese momento empezó a formar parte de la gran familia de desconocidos que día tras día, nos agolpábamos apabullados por el cansancio y el calor que desprendían nuestros propios cuerpos. Y aunque parezca absurdo, me fui enamorando de ese desconocido al que bauticé, a falta de saber su nombre, como «el sucedáneo de Gregory Peck».
A veces me preguntaba si él había reparado en mí, cosa que no creo probable, porque jamás nos habíamos mirado de frente, y sin embargo nuestras manos en muchas ocasiones estaban tan juntas sujetas a la barra, que casi podíamos tocarnos.
Un día esperé que saliera para inmediatamente bajarme detrás de él. A medida que pasaba el tiempo, tenía más curiosidad por saber cosas de su vida. Era una curiosidad que me obsesionaba, casi enfermiza. Le seguí a cierta distancia, de pronto se detuvo junto a un portal y alguien le saludó cordialmente, ¡Hola, Javier!- Javier..., Javier Lara, ese era su nombre, estudiante de arquitectura técnica.
El verano llegó empeorando las cosas. Mi trabajo seguía siendo vulgar y anodino, el de una simple secretaria que ve pasar los años con toda la parsimonia que da la poca ilusión por lo que le rodea, y para colmo de males, mi Gregory Peck particular, ya no subía al autobús. Pero la catástrofe total sobrevino cuando le vi en una impresionante moto, y con una impresionante rubia abrazada a su espalda, circulando de manera inquietante entre la marabunta de coches.
¡Vaya asco de vida! Para una chica así conseguir lo que se proponga, no es ningún mérito. Me siento impotente, y tengo ganas de gritar, pero todo lo que hago es pararme a mirar taciturna el escaparate de una tienda, donde se que no voy a comprar nada.
Ha pasado el verano, el otoño, el invierno y estamos en primavera, y a pesar de eso, todo sigue igual, no hay nada por lo que deba dar rienda suelta a mi entusiasmo. Ahora, si algún asiento queda libre, me gusta ir sentada en el autobús. A veces apoyo la cara sobre el cristal y de manera indolente, me dejo acariciar por los rayos de sol. Pienso en las vacaciones, agosto esta cercano y quizás me vaya al campo. Hace años que no voy a casa de mi prima Caty. Creo recordar que alguna vez, de pequeña, fui bastante feliz allí. Quien sabe si no vuelva a serlo de nuevo. El autobús hizo una parada, y yo cerré los ojos, suavemente, envuelta en una ensoñación, cuando de pronto al abrirlos estaba allí, a mi lado, con su enorme presencia, más demacrado, y con un atuendo algo menos pulcro que de costumbre, pero era él sin duda. Le acompañaba una muleta y se sostenía con dificultad. Me miró sin decir nada, y entonces titubeando y de forma tosca y estúpida, le dije que si no le ofendería que una mujer le cediera el asiento. Me sonrió, y vacilando un momento, aceptó. La situación parecía un tanto violenta y absurda, y por fin aunque temerosa me atreví a preguntarle por qué circunstancias se veía así. Entonces le confesé que le conocía desde hacía tiempo, no hacía falta que le contase mucho más, solamente lo más importante para que el confiara en contarme su infortunio.
Un accidente de moto, he perdido un pie. -Después de esto silencio-. ¡Vaya que complicada es la vida!, le respondí con un gesto comprensivo y un tanto sorprendida. El asintió, una pequeña pausa y ¿Qué tal si nos presentamos? Me llamó Javier ¿y tu?..
Hemos comprado un coche, un pequeño utilitario. Llevo a Javier a su estudio y después voy a la oficina. Le he contagiado mi pasión por el cine clásico, con sus grandes actores. Por las noches nos gusta ver estas antiguas películas, acurrucados en el mullido sofá, olvidando problemas y sintiendo un bienestar que solamente los que son felices saben sentir". Hoy veremos «Matar un ruiseñor, de Gregory Peck.», y por cierto, de vez en cuando volvemos a subir al autobús.
María Teresa Martínez Morales
Extraído de "La Metáfora", nº 7, Año 2008